Obras III

Obras III

by Felix Varela y Morales

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ISBN-13: 9788490079416
Publisher: Linkgua
Publication date: 01/01/2014
Pages: 322
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Obras III


By Félix Varela Morales

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9007-941-6



CHAPTER 1

IMPIEDAD

Carta primera. La impiedad es causa del descontento individual y social

Pasan los tiempos, y con ellos los hombres, mas la verdad inmóvil observa los giros de su mísera carrera hasta verlos precipitarse con pasos vacilantes en el abismo de la eternidad, dejando signos indelebles de que solo convinieron en la impotencia ... Sí ... No hay duda ...

La voz unísona de los sepulcros eleva al cielo la triste confesión de la flaqueza humana, y las bóvedas celestes arrojan sobre los mortales el eco aterrador, que los detiene y enerva en sus locas empresas e infaustas ilusiones. Este aviso de la Divinidad fija nuestra atención en un mundo subterráneo, donde yacen los ídolos del amor, los objetos del odio, los despojos del guerrero y las cenizas del sabio, las víctimas del poder inicuo y los mismos poderosos; que todos, sí, todos, en perpetua calma, advierten a los ilusos que sobre ellos caminan, que la verdad está en lo alto, es una e inmutable, santa y poderosa, origen de la paz y fuente del consuelo; que habita en el seno del Ser sin principio y causa de los seres.

Así pensaba yo, mi caro Elpidio, en unos terribles momentos en que mi espíritu, angustiado por la memoria de los que fueron y no son, meditaba sobre la historia lamentable de los errores humanos, de los funestos efectos de pasiones desenfrenadas, de los sufrimientos de la virtud siempre perseguida, y de los triunfos del vicio, siempre entronizado. Recorriendo al través de los siglos los anales de los pueblos, el orbe nos presenta un inmenso campo de horror y de exterminio, donde el tiempo ha dejado algunos monumentos para testimonio eterno de su poder asolador y humillación de los soberbios mortales. Mas, entre tantas ruinas espantosas, se descubren varios puntos brillantísimos, que jamás oscurecieron las sombras de la muerte: vense, querido Elpidio, los sepulcros de los justos, que encierran las reliquias de aquellos templos de sus almas puras, que volaron al centro de la verdad; cuyo amor fue su norma y por cuyo influjo vivieron siempre unidos y tranquilos. Sobre las losas que cubren estos sagrarios de la virtud, resuelven sus imitadores el gran problema de la felicidad y arrojan miradas de compasión sobre los que, fascinados por míseras pasiones, corren tras sombras falaces, y, burlados, se dividen; divididos, se odian, y odiados, se destruyen.

¿Por qué, me decía yo a mí mismo, por qué unas ideas tan claras y unos ejemplos tan nobles no atraen todos los hombres hacia el verdadero objeto del amor justo? ¿Por qué no siguen la majestuosa y palpable senda de la felicidad? ¿Por qué esparcen la muerte los depositarios de la vida? ¿Por qué aborrecen los que nacieron para amar? ¿Por qué cubre la tristeza unos rostros en que debe brillar la alegría? ¿Qué causas funestísimas convierten la sociedad de los hijos de un Dios de paz, en inmensas hordas de ministros del furor? ¡Ah!, mi amado Elpidio, estas interesantes preguntas hallaron muy pronto su respuesta. Vense estampadas sobre las ruinas de tantos objetos apreciables, las huellas de tres horribles monstruos que los derrotaron, y que aun corren por todas partes inmolando nuevas víctimas. Vense la insensible impiedad, la sombría superstición, el cruel fanatismo, que por diversos caminos van a un mismo fin, que es la destrucción del género humano.

Estos monstruos han sido el constante objeto de mis observaciones; he procurado seguir sus pasos, observar sus asechanzas, notar sus efectos y descubrir los medios que emplean para tantas atrocidades. Bien se echa de ver que estas tristísimas meditaciones deben haber llenado mi alma de amargura; y como la amistad es el bálsamo del desconsuelo, y la comunicación de ideas el alivio de las almas sensibles, permíteme que deposite en la tuya los sentimientos de la mía, y que en una serie de cartas te manifieste los resultados de mi investigación. Ocupémonos, por ahora, de la impiedad.

Si la experiencia no probara que hay impíos, no podría la razón probar que puede haberlos. Cuando la naturaleza inspira el amor — y éste va necesariamente hacia las perfecciones con más fuerza que el acero al vigoroso imán, o que los cuerpos celestes hacia el centro de su circulación — ¿cómo puede dejar un Ser perfectísimo de atraer la voluntad humana, y por qué anomalía inexplicable puede ésta convertir en objeto de odio el bien por esencia? Pero, no, el supuesto es imposible, el hombre nunca odia al Ser Supremo; si bien, en su delirio, procura disimular los sentimientos de su espíritu. He aquí una de las pruebas más evidentes de que la impiedad es un monstruo, puesto que sus operaciones contrarían la naturaleza, que puede ser desatendida pero jamás conquistada. Observa, mi amigo, que entre la multitud de los impíos hay varias clases, porque el error es el principio de la división; pero jamás se encuentra uno que confesando la existencia del Ser Infinito, y principio de toda bondad, pretenda odiarlo. Procuran unos cohonestar sus desvaríos negando que existe el mismo Ser que siempre les ocupa, y cuyas perfecciones los acometen por todas partes y en todos momentos; mas ellos pretenden desconocer su origen, para llevar a cabo unas ideas que jamás pudieron satisfacerlos; semejantes a un demente que, por extraña manía, no quisiese levantar los ojos de la tierra, y viéndola toda iluminada, dijese: "no existe el Sol". Confiesan otros que hay un Ser Supremo; pero quieren que reciba sus órdenes, que todo sea conforme a sus ideas, que todo halague sus pasiones; y concluyen por confesar un Dios que no es Dios, un infinito ilimitado, un Ser Supremo sujeto al capricho de sus criaturas. Hay otros que, obstinados en sus vicios, confiesan que hay un Dios, y que ha dado una ley, mas movidos por una horrible desesperación, no quieren obedecerle y renuncian a su felicidad eterna.

Entremos en la consideración del terrible estado del espíritu humano, en los tres casos que acabamos de exponer, y veremos que la impiedad es más una corrupción que una ignorancia. Por más que diga el impío que no sabe si hay Dios, es muy fácil descubrir que él no sabe que no lo hay; quedando, de este modo, convencido de que su aserción positiva de la no existencia del Ser Supremo no es el resultado de un convencimiento. Tenemos, pues, que el ateísmo no puede pasar de una duda, y que darle el carácter de una doctrina fundamental y norma de operaciones en el más importante de todos los negocios, no puede ser sino efecto de pasiones desarregladas. Considerémosle ahora en el estado de mera duda, y veremos que es puramente negativa, puesto que se funda en la imposibilidad de percibir el objeto y no en su repugnancia. Es cierto que el impío afirma que repugna un Ser sin principio, pero advirtamos que él tiene que admitir una materia eterna, o un mundo que empezó a existir antes de existir; de modo que operaba sin existir, puesto que se supone que se dio la existencia, lo cual es una operación infinita. ¿Puede haber algo más repugnante que una materia eterna? ¿Puede darse una ficción más ridícula que la de un ser operando antes de existir? Solo un desvarío del entendimiento humano puede servir de excusa a tan repugnantes aserciones, pero jamás un sano juicio podrá abrigarlas. Queda, pues, desvanecida toda duda. El Ser sin principio no repugna, puesto que el mismo impío que pretende probar su repugnancia admite una materia eterna; y publica, con este aserto, que no le convence su argumento y que solo le mueve su pasión.

Dejemos, pues, a la miseria humana seguir su delirio; cúbrase de todos modos el horrendo cáncer que devora el corazón del impío; no pretendamos convencerle; él lo está, para su tormento. Un mal corrido velo deja percibir los signos de la inquietud, y entre las ponderaciones de un profundo saber, se escapan algunas dudas, cual chispas de un volcán reprimido. Figúrate un orgulloso piloto que habiendo hecho gran ostentación de su pericia, empieza a dudar de sus cálculos y a temer la proximidad de un peligro cierto, que en vano pretende suponer imposible; mas, por una obstinación lamentable, no quiere confesar su error; antes da pábulo a una infundada esperanza, fruto de su vanidad, y se entrega a la suerte, que ya por signos bien sensibles indica que ha decidido su ruina. Obsérvalo confuso y pensativo, ora silencioso y triste, ora iracundo y arrojado, ya procurando disimular su agitación, ya dando pruebas evidentes de ella: los libros no dicen lo que él quiere, y la naturaleza dice abiertamente lo contrario; el tiempo, juez inflexible, va muy pronto a dar su irrevocable sentencia; los que por desgracia están bajo su dirección y le han confiado el precioso tesoro de sus vidas, empiezan, a dudar unos, a temer otros y muchos a decir abiertamente que los lleva a la muerte. Agitado por el temor y el remordimiento, procura separarse de todos, esperando que una idea feliz, un acaso inesperado, pueda sacarlo con honor de tanta empresa; y otras veces, no hallando en la soledad el consuelo, va a buscarlo entre sus desgraciados compañeros, a quienes procura alucinar de mil maneras. Sus preguntas le embarazan, sus miradas, cual penetrantes saetas penetran hasta su corazón; siéntese inclinado a abrirlo, para desahogar su pena, mas al momento se acusa de debilidad y precipitación; hace un esfuerzo de despecho, que él llama de heroísmo, y determina aparecer siempre sereno, sea cual fuere el lastimoso estado de su espíritu. ¿No es la imagen que acabo de presentarte la del hombre más desgraciado sobre la tierra? Pues tal es la imagen del impío. Compárala con el original y te convencerás de su exactitud.

¿No ves con cuánto empeño procura obtener sufragios? Pues no es otro su objeto sino encontrar probabilidad en sus ideas, por su difusión. Reconoce su debilidad, y para acallar las inquietudes que ella le causa, quiere convencerse a sí mismo probando que es un recelo infundado, pues no es probable que muchos entendimientos perciban del mismo modo, sin que haya sólidas razones para esta unidad. No es por cierto el amor de sus semejantes, el que le mueve con tanta constancia, no; su fin es otro. Los hombres, según los principios de la impiedad, no son más que instrumentos de que debemos servirnos sin cuidarnos mucho de ellos, y los impíos saben, por su propia conciencia, que los que se les asemejan no pueden ser de alguna utilidad. Por otra parte, si todo termina con la vida y la felicidad consiste en pasar contentos los pocos días que estamos sobre la tierra, ¿por qué tanto empeño en convencer a los hombres del error de sus ideas? La felicidad, en tal caso, es un término relativo, y si el piadoso la encuentra en su piedad, ¿por qué privarle de ella para que sea feliz? ¿No es ésta uno contradicción palpable? Los hábitos llegan a formar parte de la naturaleza, y el impío conoce que es imposible, o por lo menos muy difícil, que los sentimientos religiosos nutridos desde la infancia, no produzcan una terrible agitación en el alma de sus prosélitos y que los golpes del remordimiento no pueden permitir que continúe la serenidad momentánea que pueda conseguirse a fuerza de capciosos argumentos y vanas reflexiones. No es, pues, la felicidad de los hombres el objeto de tantos esfuerzos, ¿Qué interés, me dirás, puede tener el impío en fingir que no cree? ¿Por qué hemos de suponerle agitado por esos terribles remordimientos? Más justo sería confesar que, dotado de un espíritu fuerte, ha vencido las preocupaciones que introdujo la ignorancia y confirmó la malicia. ¡Ah!, querido amigo, con éstas y otras reflexiones semejantes han procurado alucinar a muchos, empezando por alucinarse a sí mismos. Bastaría responder que del mismo modo se disculpan el fanático, el supersticioso y el hipócrita. Todos aseguran, y aun prueban, que su conducta solo les proporciona sufrimientos, pero ¿no es cierto que a veces se encuentra un interés en sufrir? Esa misma victoria sobre las preocupaciones, ese mismo título de espíritu fuerte, esa superioridad sobre los demás hombres ¿no son un interés, y muy marcado? Sucede con los espíritus fuertes como con los duelistas, que van a batirse haciendo esfuerzos para contener el temblor, y afectan una serenidad de que carecen.

Nadie habla más de religión que los que no la tienen, y al paso que aseguran que es una quimera, tratan de ella día y noche. No hay lugar ni circunstancias en que no procuren introducir cuestiones religiosas los mismos que ridiculizan a los creyentes por cuidarse de ellas. ¿No es ésta una prueba de que el asunto les interesa? ¿Y cómo puede un espíritu ocupado siempre de un negocio de tanta importancia, y según ellos sujeto a tantas dudas; cómo, repito, puede conservar esa tranquilidad que afectan con tan poco tino los impíos? Es muy de notar que la ignorancia de los hombres en materias de ciencias naturales y en otros varios puntos interesantísimos a la sociedad, no llama la atención de los incrédulos, y muy pocos de ellos vemos que se aplican a la ilustración del pueblo en tales materias, y en caso de hacerlo no demuestran tanto interés como en las cuestiones religiosas. Si la religión fuese, como dicen ellos, un vano fantasma, ¿no sería muy ridículo darle preferencia a objetos reales y de utilidad evidente? Ni se diga, mi amigo, que quieren disipar las sombras de un error funesto, que causa males infinitos; pues claro está que la idea de un castigo eterno, lejos de inducir al crimen, será siempre un freno que detiene al criminal; y por más esfuerzos que ha hecho la impiedad para probar que la religión es ominosa, solo ha conseguido demostrar que es benéfica al linaje humano. Un pueblo religioso y criminal es como un círculo cuadrado, que solo tiene existencia en los labios que pronuncian las palabras. Esto sabe, y aun palpa el impío, y en vano procura cerrar los ojos a la luz de la verdad, pues su influjo penetra hasta el agitado corazón, y para arrancar el cáncer que lo consume, causa necesariamente intensísimos tormentos.


(Continues...)

Excerpted from Obras III by Félix Varela Morales. Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.. Excerpted by permission of Red Ediciones.
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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 9,
PRIMERA PARTE, 11,
PRÓLOGO, 12,
IMPIEDAD, 12,
SEGUNDA PARTE. CARTAS A ELPIDO SOBRE LA IMPIEDAD, LA SUPERSTICIÓN Y EL FANATISMO EN SUS RELACIONES CON LA SOCIEDAD POR EL PRESBÍTERO DON FÉLIX VARELA, 125,
APÉNDICES, 233,
I. LUTERO, 234,
II, 236,
III, 240,
IV. EXTRACTOS DE LAS ACTAS, DE LA ASAMBLEA DE ESCOCIA,, 242,
V. EXTRACTOS DEL CÓDIGO PENAL DE INGLATERRA, 243,
VI. INTOLERANCIA ENSEÑADA POR VOLTAIRE, 245,
VII. TOLERANCIA ENSEÑADA POR SANTO TOMÁS, 246,
VIII. PERSECUCIÓN DE LOS CATÓLICOS POR LOS CALVINISTAS EN FRANCIA, 248,
TERCERA PARTE. ESCRITOS, DOCUMENTOS Y CARTAS DE FÉLIX VARELA (1835-1852), 250,
ENSAYOS FILOSÓFICOS, 272,
EPISTOLARIO PERSONAL (1842-1848), 299,
REFLEXIONES SOBRE LA ENSEÑANZA DE LA FILOSOFÍA EN CUBA (1845), 302,
VARELA VISTO EN SUS ÚLTIMOS AÑOS, 310,
LIBROS A LA CARTA, 321,

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