Goliat debe caer: Gana la batalla contra tus gigantes

Goliat debe caer: Gana la batalla contra tus gigantes

by Louie Giglio

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Overview

¿Cómo podemos superar esas batallas en nuestras vidas que siempre estamos luchando? Deja de lado lo que piensas acerca de la clásica historia de David y Goliat. En este libro, Giglio nos muestra cómo habitar en la magnitud de nuestro Dios, y no en la altura de nuestros gigantes.

Product Details

ISBN-13: 9781418597375
Publisher: Grupo Nelson
Publication date: 10/10/2017
Pages: 272
Sales rank: 348,866
Product dimensions: 5.10(w) x 7.10(h) x 1.10(d)

About the Author

Louie Giglio es el pastor de la iglesia Passion City, en Atlanta, Georgia, y el fundador de las Conferencias Passion, un movimiento a nivel mundial de jóvenes universitarios que viven para la dar a conocer a Jesucristo. Comunicador dinámico y eficaz, Louie tiene una Maestría en Divinidades otorgada por Seminario Teológico Bautista Southwestern. Él y su esposa Shelley viven en Atlanta. Para más información acerca de la iglesia Passion City visita passioncitychurch.com, y para saber más acerca de las Conferencias Passion, visita www.268generation.com.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

Mayor que tu gigante

*
Recientemente, una mujer perdió la vida entre las garras de su mascota. ... Un tigre.

Ese trágico acontecimiento me entristeció. Sin embargo, también pensé lo mismo que debe haber pensado la mayoría de las personas cuerdas al leer la historia: ¿Por qué alguien tendría un tigre de mascota? (Discúlpame si tienes un tigre en tu traspatio).

¡Los tigres son carnívoros! En estado salvaje sobreviven cazando y matando a sus presas. Y un tigre siempre será un tigre. En ese caso, ¿por qué alguien tentaría a Dios, convirtiendo en mascota a un animal que es sanguinario por naturaleza?

Esto es lo que creo que sucedió. Cuando la mujer conoció aquel tigre, era bonito como uno de peluche. Era un cachorrito pequeño y juguetón. Divertido. Adorable. Me imagino que ella lo cargaba y el cachorro ronroneaba con deleite. Así se creó un lazo entre los dos. Ella hasta le puso nombre a su cachorro y lo hizo su mascota. Tal vez fuera algo como Muchi o Bubu o Rayitas. Se lo llevó a su casa y le preparó lugar donde dormir y un espacio seguro donde jugar. Todo iba bien, día tras día tras día....

Hasta que.

Rayitas.

Creció.

Entonces, aquella juguetona mascota se convirtió en lo que realmente era, y mostró su verdadera naturaleza. Ya había dejado de ser un encantador cachorro. Ahora era un asesino salvaje. El tigre la atacó, y los resultados fueron desoladores.

Las cosas no son muy diferentes a lo que sucede con nuestros gigantes: los hábitos, las formas de conducta, las creencias defectuosas, y las costumbres dañadas que acomodamos en nuestras vidas.

Esas «mascotas» comenzaron pequeñas y encantadoras, como un bebé. No parecían capaces de hacer daño. Era un consuelo. Una tranquilidad. Establecimos lazos con esas mascotas y les dimos una acogida en nuestra mente, corazón y conducta.

Pero esas mismas mascotas han crecido. Nos están mostrando lo que son en realidad. y ya no son mascotas. Son asesinos salvajes. Gigantes de tres metros. Y nos están desgarrando, destrozando.

Queremos con desesperación deshacernos de esos gigantes.

¿Pero cómo?

Mi propia mascota gigante

Goliat no nació de tres metros. Y lo que ahora te está estrangulando probablemente no llegó amenazándote con atraparte entre sus dientes desde el primer día. Me imagino que al principio era algo que te consolaba y que aliviaba alguna necesidad en tu interior. Tu asesino se camufló como un amigo sin el cual no podías vivir. Pero, un día que tú no habrías escogido, el gigante se te tiró a la garganta, asfixiándote bajo todo su peso.

Yo he compartido acerca la presencia de uno de estos gigantes en mi vida en otras charlas y escritos, y he sido sincero en cuanto al momento crítico en el cual caí en un hondo y oscuro agujero de depresión y ansiedad. Si uno de estos monstruos te está haciendo la vida insoportable, sé de lo que estás hablando. Durante un tiempo, el mío fue clasificado como mi «desorden de ansiedad», un término inofensivo aceptado por casi todo el mundo. Sin embargo, con el tiempo, he podido señalar con mayor precisión los gigantes que me hundieron en ese ese agujero. Para mí, comprender que la ansiedad no es una cosa, sino un síntoma de algo, ha cambiado mi forma de enfrentarme a los enemigos de la gloria de Dios en mi vida.

En pocas palabras, tuve un colapso nervioso. Aquello era muy evidente a todos los que me rodeaban, y era una realidad no negociable para mí. Había llegado el día en que el cachorro de tigre era ya un tigre adulto. Apuntó hacia mí, y las consecuencias fueron drásticas, casi mortales. Ahora bien, lo más útil es comprender el porqué. Aprendí que, por lo general, esto no es consecuencia de una sola cosa o un solo momento, sino una combinación de muchas cosas que se van agravando con el tiempo, pudriéndonos desde adentro, hasta que terminamos trastornados.

Entonces, ¿qué fue lo que me empujó para que cayera en el hoyo de la ansiedad y la depresión? ¿Alguna tendencia genética? Sin duda. ¿La prisa y la presión de llevar el motor acelerado durante demasiado tiempo? Seguramente. ¿Las preocupaciones? De acuerdo. Pero al mirar hacia atrás, veo las huellas de dos de mis propios Goliats: el control y la aprobación. Yo tengo la tendencia de querer cambiar el ambiente en que me encuentre, cualquiera que sea. Quiero hacer que las cosas sean mejores. Veo lo que es, pero sueño con lo que puede ser. Pienso de esta manera mientras atravieso una ciudad en mi auto, espero en tráfico, como en un restaurante, camino por un barrio pobre de Haití, paso tiempo en un aeropuerto entre vuelo y vuelo, o espero en un hospital. En todos lados. Todo el tiempo. Estoy pensando en la manera de crear cambio, forjar visión y conducir a la gente hacia una meta común.

Ser agente de cambio puede ser algo bueno. Pero también puede invitar al cachorrito del control a la mezcla. Es posible que sepas a qué me refiero. Estás tratando de controlar todas las consecuencias en la vida de tus hijos. Sudas a causa del mercado de valores. Monitoreas todas las conversaciones de todo tu equipo, queriendo asegurarte de que todos piensen de manera correcta y lleguen a las conclusiones correctas. Y como yo, te encuentras contemplando el techo cuando deberías estar profundamente dormido, preguntándote cuál será la mejor manera de lograr el resultado que estás convencido que es el correcto.

Querer lograr cosas grandiosas es algo noble. Pero tratar de controlar el mundo es desastroso. Con el tiempo, los controladores terminan sucumbiendo ante la realidad de que nadie tiene todo el control.

Después está el gigante de la aprobación. A mi necesidad de controlar, añádele mi necesidad subyacente de caer bien, y tendrás una tormenta perfecta. Esto fue especialmente cierto en los primeros días de la fundación de la iglesia que pastoreamos. Antes de fundar la Iglesia Passion City, ya de por sí, ser conferencista y empresario en el ministerio era un verdadero reto. Organizamos eventos en estadios en el mundo entero y creamos una casa disquera para llevar música a la iglesia en el mundo. Yo hablaba aquí, allí y en todas partes. Pero si no le caía bien a la gente de allí, siempre había otra oportunidad. Otra conferencia. Otro grupo de personas. Otro lanzamiento.

En cambio, al fundar una iglesia, uno echa sus raíces en una tribu, y al ir dirigiendo a la gente semana tras semana, muy pronto descubres que no te es posible agradar a todo el mundo. Lamentablemente, yo pensaba que los podía hacer felices a todos (es mi control el que habla ahora). Y de veras lo necesitaba, más de lo que quería admitir. En nuestros días embriónicos, mi esposa Shelley y yo recibimos un correo electrónico de un amigo que nos hizo añicos la idea de que fundar una iglesia sería cosa fácil, o que nuestras buenas intenciones siempre tendrían su recompensa. Cuando el gigante del control se unió al gigante del rechazo, se concertaron ambos para atacarme, me ataron las manos y me lanzaron al precipicio. La culpa era toda mía. Defectos de carácter que antes eran pequeños y manejables, ahora se alzaban sobre mí. Se burlaban de mí. Desafiaban a mi Dios.

Yo era un controlador que descubrió que no podía seguir controlando. Era un buscador de aprobación que descubrió que no todo lo que hacía era aplaudido. Mi pequeño tigre mascota era ahora un formidable adversario que yo tenía que reconocer, y enfrentar.

Esos son (inicialmente escribí eran, pero eso no es tan realista como yo quisiera que fuera) dos de mis gigantes.

¿Qué me dices de los tuyos?

Cuando una voz hace que te calles Algunos, desde que leyeron el título de este libro, supieron con exactitud cuál era su gigante. Ni siquiera lo tuviste que pensar, porque tú batallas con él todos los días.

Otros no están totalmente seguros cuál es el nombre de su problema, porque no está tan claro. Todo lo que saben es que algo no anda bien, y lo quieren arreglar.

Unos cuantos de los que leyeron los primeros borradores del libro notaron que ellos no creían que tenían gigante alguno hasta que leyeron un poco más.

Comoquiera que sea, es útil entender cuál es la clase de gigantes que más daño te puede hacer.

• Tal vez un gigante llamado temor gobierna nuestra vida. No que andemos temblando de miedo todo el tiempo, pero en nuestros momentos más sinceros sabemos que la ansiedad forma una gran parte de lo que somos. Nos sacude y hace que nuestro mundo se estremezca. Hace que le tengamos miedo a la noche. El temor nos ha comenzado a dominar, y sabemos que disminuye la gloria de Dios en nuestra vida.

• Tal vez estemos batallando con el rechazo. Crecimos en un ambiente de resultados y por ello, tememos que, si no lo hacemos todo perfecto, no recibiremos la aprobación que anhelamos. Tememos que la gente solo nos amará si producimos el resultado requerido. Si alguna vez nos tomamos un descanso, si alguna vez entregamos algo que no es perfecto, si alguna vez decimos algo equivocado, si alguna vez nos presentamos con la ropa inadecuada, si alguna vez tenemos que ir más lentamente que el frenético ritmo al que nos movemos ahora, entonces echamos por la ventana toda esa aprobación.

• Tal vez nos domine un gigante llamado comodidad. La comodidad no está mal si estamos hablando de un descanso genuino que nos devuelva las energías. Pero la comodidad se puede convertir en un inmenso problema si se transforma en autocomplacencia o en el reclamo de nuestros derechos. Con demasiada frecuencia nos lanzamos por la senda más fácil, lo mínimo, el trabajo «a gusto», los despojos de esta vida. Sin embargo, la senda más fácil podría no ser la mejor, la que Jesús nos invita a tomar.

• Tal vez el gigante que nos está haciendo daño es la ira. No tiene que ser rabia; no obstante, hay algo que nos hierve por dentro. No podemos contener nuestro temperamento. De vez en cuando explotamos sin razón, irrumpiendo con ira y después quisiéramos no haberlo hecho. Sabemos que esa ira nos está robando lo que Dios tiene para nosotros, pero simplemente, no nos podemos controlar.

• Tal vez de plano estés atrapado en una adicción. Muchas y diversas adicciones nos provocan, y la mayoría de nosotros luchamos con al menos una de ellas. La adicción podría tener que ver con una sustancia o una forma de conducta que nos está controlando: el alcohol, las drogas, la pornografía, los juegos de azar, las compras compulsivas o comer sin control. O tal vez tengas una adicción a algo sutil. Amigos que no te convienen. Pensamientos nocivos. Tal vez sientas la necesidad de resolver la vida de los demás, y terminas haciendo por ellos lo que deberían hacer por sí mismos. O nos consideramos víctimas si la gente no nos tiene el respeto o amor que creemos merecer. Quizás estés siempre a la defensiva. O lo criticas todo. O manipulas a la gente. O los culpas. O tus sentimientos tienden a herir las relaciones que te importan, y no estás seguro qué hacer. Bueno, es que así soy, te dices. ... y algunos días, hasta te crees la mentira.

A veces nos encontramos tolerando en el principio aquello que es tan dañino, aunque sabemos que claramente contradice el plan de Dios. Tal vez tratamos de justificar su existencia. Luchamos contra aquello deseando que desaparezca. Nos molesta que aquello siquiera esté presente, pero terminamos dándole lugar de todos modos. Para cuando nos damos cuenta, aquella cosa dañina ya se arraigó. Se ha convertido en un gigante. Se ha establecido una rutina automática. El gigante se convierte en un hábito en nuestra manera de pensar o de actuar. Algunos días luchamos para librarnos de él, pero el problema nunca parece desaparecer por completo.

¿Cómo nos deshacemos de los gigantes? Jesús le ofrece una vida abundante a todo aquel que le siga. «El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10.10). Él no vino a la tierra para morir en la cruz y resucitar de la tumba para que nosotros nos conformemos con una fracción de lo que Dios tiene para darnos. Su intención fue que nosotros viviéramos plenamente (ver 1 Tesalonicenses 3.8). Y eso significa que podemos vivir libres en el poder de lo que Él realizó por nosotros.

Todo comienza cuando vemos y creemos que aunque sea grande el gigante contra el cual estamos batallando.... él no es más grande que Jesús. Para Jesús tres metros no son nada. Y Él ha determinado ponerte en libertad.

Esto lo veremos de manera poderosa al explorar la historia de David y Goliat. Supongo que ya la habrás escuchado. Si no, prepárate. Es un apasionante relato repleto de posibilidades para ti. Yo lo he oído desde que era niño en la iglesia. Pero hay un nuevo giro que ha estado estallando en mi corazón recientemente. Una forma de ver a Jesús en ese relato que cambia la vida y lo cambia todo en cuanto a la forma en que se va a derrumbar tu gigante.

Llega el muchacho al valle de la muerte

El trasfondo de la historia de David y Goliat, para ponernos a todos al tanto, es que el ejército de los filisteos estaba peleando contra el ejército de Israel, el pueblo de Dios. Esto fue el patrón a lo largo de todo el Antiguo Testamento: el ejército filisteo era un continuo aguijón en el costado del pueblo de Dios, y los dos ejércitos a menudo chocaban. Los filisteos tenían su propio dios, un ídolo del que en unos momentos hablaremos más. Eran viles y desagradables, y odiaban al pueblo que se proclamaba leal al único Dios verdadero.

A lo largo de la historia de las Escrituras, muchas veces los filisteos tenían la ventaja, y esa era la situación en este relato en particular, que aparece en 1 Samuel 17. Este es el escenario.

Imagínate cierto valle en el antiguo Israel. Es pedregoso y verde y lleno de espinos. Se llama el Valle de Elá, y lo atraviesa el arroyo del mismo nombre. Cualquiera pensaría que tal escena campestre sería pacífica y acogedora. Sin embargo, no es así. Pronto va a convertirse en el valle de la muerte.

Hay colinas a ambos lados del arroyo. El ejército filisteo estaba acampado en una y el ejército de Israel en la del otro lado. Cada ejército acampaba en sus tiendas de campaña durante la noche, y cada mañana salía al lugar de la batalla. Les bastaba atravesar el valle con la mirada para ver a sus enemigos.

Cuando comienza nuestro relato, los dos ejércitos no estaban realmente peleando. El ejército de Israel no podía avanzar, y el personaje que les estaba impidiendo hacer su verdadera labor era un grosero matón llamado Goliat, un filisteo inmenso, de tres metros de alto, campeón de pelea, un feroz y aterrador guerrero de negra barba con una gruesa armadura.

Todos los días, Goliat salía a gritarle insultos al ejército de Israel. Caminaba al valle con el ejército detrás de él, miraba con desprecio al ejército israelita en la otra colina y les gritaba con sorna: «¡Cobardes! Ustedes y su Dios no nos pueden enfrentar. ¡Los reto a una pelea, y desafío también a su Dios! Si hay alguno suficientemente valiente para pelear conmigo, que baje aquí. El que gane la pelea gana toda la guerra. El ejército que pierda servirá al que gane. Todo lo que tienen que hacer es superarme». (No es exactamente lo que dice 1 Samuel, pero ya captas la idea).

Un día tras otro, Goliat hacía esto mismo. Pasó una semana. Dos semanas. Tres semanas. Cuatro. Día tras día seguían los insultos. Día tras día, ningún israelita se atrevía a bajar para pelear con él. La Biblia dice que Goliat hizo esto durante cuarenta días y, sin embargo, ni un solo soldado del ejército del pueblo de Dios, tan bien entrenado, se atrevía a enfrentarse solo a Goliat. Este debe haber soltado toda una sarta de insultos. Les gritaba e los provocaba. Los hostigaba y se mofaba de ellos. Los agitaba, los sonsacaba, los trataba de convencer y se reía de ellos, y aun así nadie se atrevía a pelear solo con él.

El ejército israelita se sentía intimidado.

Desmoralizado.

Inmovilizado.

Hundido.

El sonido de una sola voz malvada había bastado para desmoralizar a los israelitas. ¿Te puedes relacionar con esto? Habían perdido la pelea, y ni siquiera habían entrado en batalla.

Retrocede un momento y considera quiénes eran los israelitas de la antigüedad. Es difícil saber con exactitud por qué ellos habían permitido que los intimidaran de esa manera. Dios tenía una rica historia con aquel pueblo. Lo había escogido como suyo. Les había dado su presencia. Todo lo que tenían que hacer era recordar los tiempos pasados para ver cómo Él los había sacado milagrosamente de la esclavitud en Egipto. Había abierto el mar ante ellos. Una vez que estuvieron a salvo, sus aguas se volvieron de repente, destruyendo por completo a los enemigos que los perseguían. Los había guiado mientras atravesaban el desierto del Sinaí, usando una nube de día y un fuego de noche. Cuando tenían sed, Él hacía que apareciera agua. Cuando tenían hambre, les daba a comer el maná. Los había hecho atravesar el río Jordán para que entraran en la Tierra Prometida. Habían conquistado la ciudad de Jericó, altamente fortificada, gracias al brazo extendido de su Dios. Un grito de alabanza hizo que las murallas de Jericó se vinieran abajo. Una y otra vez, Dios había hecho cosas milagrosas a favor de su pueblo.

(Continues…)



Excerpted from "Goliat debe caer"
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Copyright © 2017 Louie Giglio.
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Table of Contents

Obertura: Tu gigante está cayendo, ix,
1. Mayor que tu gigante, 1,
2. Muerto, pero aún mortíforo, 27,
3. El temor debe caer, 51,
4. El rechazo debe caer, 79,
5. La comodidad debe caer, 107,
Interludio: Tu gigante está muerto, 133,
6. La ira debe caer, 139,
7. La adicción debe caer, 167,
8. Una mesa en su presencia, 195,
9. Combustible para la batalla, 227,
Reconocimientos, 245,
Notas, 249,
Acerca del autor, 251,

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